¿Por dónde empezar?

NUNCA SE SABRÁ cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no servirán de nada. Si se pudiera decir: yo vieron subir la luna, o: nos me duele el fondo de los ojos, y sobre todo así: tú la mujer rubia eran las nubes que siguen corriendo delante de mis tus sus nuestros vuestros sus rostros. Qué diablos. (Julio Cortázar. Las babas del diablo)

Compañía

Una voz llega a alguien en la oscuridad. Imaginar

A alguien boca arriba en la oscuridad. Lo nota por la presión en la espalda y los cambios de la oscuridad, cuando cierra los ojos y de nuevo cuando los abre. Sólo se puede verificar una ínfima parte de lo dicho. Como, por ejemplo, cuando oye: «Estás boca arriba en la oscuridad». Entonces ha de admitir la verdad de lo dicho. Pero la mayor parte, con mucho, de lo dicho no se puede verificar. Como, por ejemplo, cuando oye: «Viste la luz por primera vez tal y cual día y ahora estás boca arriba en la oscuridad.» Estratagema, tal vez, destinada a hacer recaer sobre lo primero la irrefutabilidad de lo segundo. Tal es, pues, la proposición. A alguien boca arriba en la oscuridad una voz habla de un pasado. Con alusiones ocasionales a un presente y, con menor frecuencia, a un futuro, como por ejemplo: «Acabarás tal como estás ahora.» Y en otra oscuridad o en la misma otro imaginándolo todo para hacerse comprender. Déjalo rápido.

El uso de la segunda persona caracteriza a la voz. El de la tercera al otro. Si también él pudiera hablar a aquel a quien habla la voz, habría un tercero. Pero no puede. No podrá. No puedes. No podrás.

El lenguaje no existe

Partamos de la base de que el lenguaje no existe. No existe como punto de encuentro. Y lo que parecer ser no es más que un rodeo a lo que nunca podrá ser dicho. Circunloquio. Eufemismo. Paráfrasis. Sofisma.  Aquí. Allá. Donde te nombre.

Donde me nombre.

RECOMENDAR LEER AIRA

Me ha pasado recomendar una canción, una película o un libro y recibir después un desdeñoso comentario por mi recomendación. Nada grave. El vínculo personal que justificaba la recomendación retorna luego, aunque con alguna baja en la bolsa de valores, a su ritmo habitual.
Pero nunca nadie se enojó tanto como cuando recomendé Aira.

Leé Cómo me hice monja, le dije a una alumna del último año de una carrera de periodismo. La respuesta me llegó un año después, no en el aula –ya era una egresada hecha y de derecha-, sino a través de una perdida columna periodística en la revista dominical de un diario de amplia tirada. Aseguraba, con encono, que era el peor bodrio que había leído en su vida, el más aburrido, el más pesado, el peor de los peores, una bazofia, una cagada, una mierda. Creo, sin temor a equivocarme, que no le había gustado el libro e intuí que yo no quedaría en el lado amable de su memoria estudiantil.

Pasó.

Y volvió a pasar. Un amigo, compañero de trabajo, con el que mantenemos generosas conversaciones y agudos chistes, me preguntó qué podía leer. Aira le dije. La guerra de los gimnasios, le propuse, como para empezar. La reacción vino con delay, muchos meses después. La amistad continúa, la confianza en mis recomendaciones, no.

Como no tengo mucha resistencia al dolor, decidí no recomendar más Aira.

Admito: ante las desairadas protestas de los afectados por mis consejos, jamás pude fundamentar los motivos de mi recomendación.

Tampoco puedo explicar por qué leo Aira. Podría decir “porque me hace reír”. Pero en este caso, la respuesta furiosa viene del propio escritor, que ya la anticipó en una de sus novelitas, titulada –justamente- Cómo me reí. Allí el personaje que responde al nombre del autor cuenta cuánto le molesta cuando le dicen “cómo me reí con tu novela”.

Podría aducir también que estimula mi imaginación y desafía mi inteligencia. Estamos más cerca. Pero este tipo de desafío no es un atributo diferencial. Todo lo que leo, lo leo porque estimula mi imaginación y hace tiempo que mi inteligencia se siente desafiada ante cualquier mínima dificultad.

El enigma. Creo que ésa es la clave. Aira es un enigma sin resolver. Al menos para mí.

“La sobredeterminación es la causalidad propia de la literatura, y la indecisión la de la crítica”, dice César Aira. Y en el medio estoy yo, leyendo una nueva de Aira.